Nabokov. Dmitri


La palabra de Nabokov.

Adaptación literaria al español del poeta Jorge J. Flores Durán.


Sé que existe otra versión de este texto inédito de Nabokov,circula una traducción realizada desde el inglés.
Yo presento una versión y adaptación literaria desde el ruso al francés que conociera el propio NaboKov.

Aquí en la " La Palabra ", descubrimos en el joven Nabokov un lirismo absolutamente desbordante y reforzado de un fuerte misticismo, que desaparecerá en el curso de los años.





La Palabra. de Dmitri Nabokov.




Fui llevado por la inspiración de un sueño de una noche, estaba al borde de una ruta bajo un cielo completamente dorado, en un país de montañas extraordinarias. Sentía, sin mirarlas, el brillo, las asperezas y las aristas de inmensas rocas musaicas, los precipicios impactantes, la titilación sobresaliente de los lagos en su fin, todo esto estaba en mis espaldas. Mi alma llena de una sensación de colorido, de libertad y de grandeza divinas; yo sabía y lo sentí que estaba en el paraíso. Pero, en mi alma terrenal solo había un pensamiento terrestre, como una llama intensa que yo protegía ¡Con qué celo! ¡Con qué ansiedad! Del soplo de esta belleza grandiosa que me rodeaba… Este pensamiento, esta llama nacida desde del sufrimiento, era un pensamiento sobre mi patria terrestre, con los pies desnudos y miserables. Bordeando esta ruta llena de montañas, yo esperaba a los habitantes de los cielos generosos y radiantes, y el viento, como presintiendo el milagro, jugaba con mis cabellos, llenaba el abismo de una vibración cristalina, agitaba las sedas fabulosas de los árboles floreciendo entre las rocas a lo largo de la ruta; enormes arbustos se enrollaban en los troncos como verdaderas lenguas de fuego; las flores se desprendían graciosamente de sus ramas brillantes y como cálices volantes repletas de sol exuberante, haciendo crecer sus pétalos ya transparentes y deforme; su perfume húmedo y azucarado me recordaba todo lo hermoso que había yo conocido en mi lejana vida.
Repentinamente me agobiaba ante tanto esplendor, la ruta donde yo estaba se llenó de una borrasca de alas… Los ángeles que esperaba, afloraron en una turba, en gran número, emergían desde precipicios reveladores. Sus movimientos parecían etéreos, como movimientos de nubes coloreadas, los rostros diáfanos estaban impasibles y solo un imperceptible movimiento de pestañas titilaba de exaltación. Entre ellos planeaban pájaros de color turquesa sacudidos con sus sonrisas de jovencitas llenas de alegrías, y de ágiles animales color naranja, prodigiosamente punteados de noche que saltaban.; ellos ondulaban por los aires, proyectaban en silencio sus patas satinadas y atrapaban las flores que volaban, ellos me rozaban dando vueltas girando y brincando sobre mis ojos que radiantes se deslumbran.
Alas, alas y más alas, ¿cómo podré transmitir yo sus curvas y sus matices? Todas las aves eran poderosas y delicadas – rojizas, púrpuras, de un azul profundo, de un negro aterciopelado, un polvo ardiente empolvaba sus extremidades redondeadas con sus plumas encorvadas. Estas nubes altas se levantaban apenas más arriba de las espaldas luminosas de los ángeles, y, uno de entre ellos, de una hermosura maravillosa, como si no tuviera la fuerza de frenar su bienestar, de pronto, en el espacio de un instante, abría su belleza alada, fue como un perfecto reflejo de sol, como un guiño de millones de ojos.
Eran filas que pasaban, la mirada vuelta hacia las alturas celestes. Yo veía sus ojos, con tal abismo de júbilo, y en sus ojos, la pasividad de su ascenso. Cubiertos de flores, avanzaban en graciosa marcha. Las flores exhalaban a su paso sudoroso; los animales sedosos y luminosos bailaban, girando y con graciosos movimientos; los pájaros piaban de pura felicidad, tomando vuelo y luego precipitándose, mientras que yo, miserable, enceguecido y jadeante, me quedaba al borde de la ruta; un solo y un mismo pensamiento balbuceaba mi alma miserable: Habría que decir plegarias, plegarias que yo les dirigiría, narrar, si, narrar que sobre la más bella de las estrellas de Dios, existe mi país que se muere entre terribles tinieblas? Yo sentía que me bastaba con tener en la mano nada más que uno de esos reflejos trémulos para que yo lleve a mi país una alegría tal, que inmediatamente el alma de los hombres se iluminaría, se pondría a girar bajo la marejada y el crepitar de la primavera naciente, del trueno dorado de las iglesias despertadas…
Y, después de haber extendido mis manos temblorosas para intentar bloquear el paso a los ángeles, yo quise tomar el borde de sus albas resplandecientes, la franja cálida y ondulante de sus plumas encorvadas que me rozaban entre los dedos como flores muy suaves; yo gemía, me agitaba, yo imploraba frenéticamente una limosna, pero los ángeles continuaban avanzando, avanzando sin cesar, ellos no me percibían, sus caras cinceladas giradas hacia el éter. Era una multitud avanzando hacia una fiesta celeste, hacia un haz de luz que resplandecía que resplandecía de manera insoportable y donde la Divinidad volteaba y respiraba: yo no me atrevía a imaginármela, veía chispazos de fuego, salpicaduras y los arabescos en sus gigantescas alas escarlatas, salmones y violetas y sobre mío avanzaban por olas las ruidosas plumas, los pájaros turquesa giraban en los halos líricos, las flores se desprendían de los ramos brillantes y bogaban en el espacio “¡Para! ¡escúchame!” gritaba yo tratando de enlazar los pies imponderables de un ángel, pero, intocables e imperceptibles, se resbalaban entre mis manos extendidas, y las extremidades de amplias alas flotando a mi lado, no haciendo más que inflamar mis labios. A lo lejos, el haz de luz dorado entre las rocas crudamente iluminadas se llenaban de suave tempestad que rompía sobre ellos. Los ángeles se alejaban cada vez más, la risa efervescente y aguda de los pájaros del paraíso se desvanecía, las flores dejaron de desprenderse de los árboles; yo me debilitaba, me calmaba… Entonces un milagro se cumplió: uno de los últimos ángeles se queda atrás, se vuelve, y se dirige suavemente hacia mi, yo vivo en sus ojos profundos, fijos y dramáticos sobre las arcadas impetuosas de sus cejas. Sobre la nervadura de sus alas desplegadas brillaba una especie de hielo; las alas eran grises, de un gris de una matriz indescriptible, y cada pluma se terminaba por una semiluna plateada. Su cara, el borde de sus labios que esbozaban una sonrisa, de su frente derecha y pura me recordaban los rasgos que yo había visto sobre la tierra. Tenía la impresión que los contornos, la extrema belleza y el carisma de todos los rostros que yo había amado, se fundían en una sola faz maravillosa, que todos los sones que habían tocado sucesivamente mi oreja eran ahora contenidas en una sola perfecta melodía. Se acerca a mi, sonreía; yo no podía mirarlo. Pero, habiendo percibido sus pies, yo remarcaba una red de venas azules y un grano de pálida belleza, y, luego de esas venas, luego de esa pequeña mancha, comprendí que él no estaba completamente desprendido de la tierra, que podía escuchar mi plegaria.
Entonces, la cabeza inclinada yo aplicaba contra mis ojos enceguecidos, mis manos quemadas, manchadas de una tierra rojiza, me puse a contarle mis aflicciones, quería explicarle acerca de la belleza de mi país, y el terror de sus oscuras torpezas, pero no encontraba las palabras correctas. Me apuraba y me repetía, no cesaba de balbucear palabras sobre los detalles, sobre una casa que se había quemado, donde, en otro tiempo, el rayo de sol que se reflejaba en el piso, se reflejaba dentro de un espejo inclinado. Yo balbuceaba palabras de viejos libros y viejos tilos de adornos de mis primeros poemas de un cuaderno escolar de azul cobalto. De una roca gris cubierta de frambuesas salvajes en medio de un campo sembrado de escabiosas y de margaritas pero no podía decir absolutamente nada, de lo esencial, me turbaba, quedaba sin voz y me reponía al principio y en un balbuceo impotente yo recomenzaba a hablar de las piezas de la casa solariega fresca y sonora, los tilos de mi primer amor, de abejorros que dormían sobre las escabiosas… Yo creía poder hacerlo de un instante al otro, lo esencial, revelarle toda la pena de mi patria, pero por no sé qué razón, no era capaz de recordar pequeñas cosas, completamente terrestres, que no saben hablar, ni vaciar sus lágrimas, cálidas y terribles que yo quería pero no podía contar…
Yo me callé, levanté la cabeza. El ángel, inmóvil, me miraba con sus ojos alargados y diamantinos, con una sonrisa suave y atenta y sentí que él comprendía todo… “Perdóname, exclamaba yo, besando tímidamente la mancha sobre su pie luminoso, perdóname por no saber hablar de lo que es fugaz y despreciable. Pero tu comprendes, sin embargo… Ángel gris y misericordioso, respóndeme, ayúdame, dime qué salvará a mi país!”
Después de haber enlazado un instante mis hombros de sus alas tornasoladas, el ángel proferirá una sola palabra, y en su voz yo reconozco todas las voces que yo había amado y que se habían matado. La palabra que él pronuncia era tan bella que en un suspiro yo cerraba los ojos y bajaba aún más la cabeza. Eso fue como un perfume y un tintineo que recorrían mis venas, fue como el sol que se levantaba en mi cerebro, y los valles innombrables de mi conciencia prosiguieron, repitieron esa sonoridad luminosa y paradisiaca. Yo me sacio; ella batallaba en mis tiempos en una red sutil, ella temblaba como la humedad sobre mis pestañas, ella soplaba en un frio delicioso a través de mis cabellos, ella bañaba mi corazón de un calor divino.
Yo le gritaba alegrándome de cada sílaba, yo levantaba bruscamente mis ojos en el arco iris del cielo radiante de mis lágrimas de alegría.
Mi Dios! El alba invernal se enverdecía en la ventana, y no me acuerdo de lo que yo grité…

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