50 años de una revolución. De esos cincuenta años, uno es mío. Es decir viví un año en su ciudad, nací un año antes de esa gesta, es por eso que todo es imaginario, la primera vez que levanté el puño fue mirando al de al lado, para ver cómo se pealeaban la imagen de esa revolución. Yo era parte de ese grupo de estudiantes que decíamos “los reformista -chilenos-” no apoyaron a la revolución desde sus inicios, los mismos que dijeron que el Che era un aventurero. Mucha agua ha pasado bajo del puente como se estremeciera Apolinaire al ver un puente, luego declamó “bajo el puente Mirabeaux corre el rio Sena…y yo me mudo”. Los recuerdos han llegado como cuando recibes una carta al unísono de salir, de salir de tu morada, llegan los recuerdos de palmeras dispuestas a llegar al cielo como cohetes de caramelos que en algún momento se deshacen en ti, como un beso robado al atardecer. Varias noches me uní a las rondas de los comités de defensa de la revolución, nombrar lo anterior… pareciera haber participado en el combate de playa Girón, No, lejos de eso. Era una rutina, solo había que estar en la puerta del edificio y hacer rondas por la cuadra. Año 1978, junto a unos amigos preguntamos si nos iban a pasar un fusil, las risas fueron enormes, “nadie usa esas cosas aquí chico” luego nos dijeron que había que tratar de obtener el primer turno o el último, para que no fuese tan dura la guardia, luego señalaron “Para que cogen lucha chico” si ustedes no son de aquí. Cada vez que tratábamos de incorporarnos a un signo revolucionario onírico, la respuesta fue similar. No había espacio para nada, era un bloque de hormigón armado, bello, hermoso pero nadie se podía introducir en él. En los barrios de la ciudad, la mañana siempre está ahí, incluso en la noche, solo se trasparenta, se escabulle como pajarito detrás del mar, la mañana siempre está cuando abres los ojos, aunque el sudor de tu cuerpo recorra las partes mas intimas, sol, mucho sol, mucho talco blanco en los cuerpos tiznados, camisas blancas, guayaberas de colores, se ven en el malecón a esperar el atardecer, que nunca vendrá. En una ocasión haciendo dedo, durante la noche cerca del aeropuerto, nos llevó en un camión un señor o un compañero (vocabulario de esa época) el encuentro fue muy grato, antes de dejarlo nos dijo que él estaba dispuesto a ir a Chile a combatir a Pinochet, que él era un viejo que ya no podía disparar pero que su cuerpo podría servir de trinchera, cuando nos reunimos en la casa los ocho jóvenes que la habitábamos, salió este comentario luego de la cena , como también en esa época todo se analizaba políticamente, esto no fue la excepción, para contar el resultado de la reunión-comida, debo agregar algo que se me quedó en el tintero, el camionero mientras conducía nos pregunta en varias oportunidades si íbamos a regresar a nuestro país, luego de evitar la respuesta, asentimos con la cabeza, fue ahí cuando nos señaló su disposición. En la primera vuelta del análisis todos concordamos el alto nivel “ideológico y compromiso internacionalista” del compañero, ya en las rondas de análisis siguientes lo primero se fue desvaneciendo, por mucho tiempo he contado esto como un anécdota, como algo cómico, dije en esa oportunidad, que el comentario del camionero era el deseo de salir de la Isla al precio que fuere, aunque sea ir a morir al país de Pinochet. De los ocho jóvenes que estaban riendo con este comentario solo cuatro sobrevivimos, los otros cuatro, todos fueron asesinados por el Dictador Chileno a pocos meses de haber ingresado clandestinamente al país, durante los aparecidos años 80. Una revolución onírica, suave está en los sonidos de los motores Ford de los años cincuenta, que muchos torneros han dibujado casi todas sus piezas. Muchas lágrimas, de muchos jóvenes están en la isla, muchas preguntas aún sin responder, muchas miradas como la de esa joven isleña, que me miró largamente porque sabía que no iba a regresar. Yo no juzgo un proceso natural, hablo de lo onírico, de la juventud y como dice Pedro Calderón de La Barca los sueños, sueños son y la vida es un sueño. Entonces la revolución no es un sueño, la vida tampoco, para andar ofreciéndola por doquier, como ese desdentado y estridente camionero. 50 años de una revolución. De esos cincuenta años, uno es mío.




Reacciones

Jorge, uno es tuyo, en tiempo, pero son muchos en alma y vida ¿verdad?
Un abrazo, Lala

No juzgas, describes trasuntado una militancia en la poesía gozosa y llevada con mirada zahorí, navegando una juventud a flor de piel, siempre renovada, por cierto permanente

Abrazos

Luchow

muy hermoso
gracias por compartirlo con nosotros
paty

Mucho gusto de conocerlo , he leído 2 cosas suyas y me agrada ese sentido entre crítico, histórico y trágico de su palabra. Un abrazo de pepecuevas.

Comentarios

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